domingo, enero 28, 2007

Empezemos el inventario

¨Francamente, sigo considerando La Habana como un sepulcro. Un vasto sepulcro dividido a su vez en sepulcros más pequeños. Pero aclaro enseguida que tal impresión sepulcral no tiene nada que ver con esas típicas sensaciones de aplastamiento propias de las grandes ciudades. (...) No, si yo digo que la ciudad me sigue pareciendo un vasto sepulcro se debe pura y simplemente a una contingencia privada y personal: me refiero a la miseria. Así como el Vía Crucis de la Pasión tiene sus Estaciones, así también tengo por la ciudad señaladas mis tumbas, partes de ese vasto sepulcro, y en el correr de los años y tras algunos pasados en el extranjero no he logrado que tal impresión desaparezca, o, al menos, se atenúe. Y si voy a hablar con mayor franqueza, aunque tenga que enfrentarme con el ridículo, declararé que hasta evito cuidadosamente ciertas calles y ciertas casas en las cuales estas marcas de la miseria me hicieron padecer más de lo acostumbrado. Pero aclaro también en seguida que si las evito es precisamente porque ni una pizca de deleitación hay en mi alejamiento de ellas. Sencillamente las veo como puentes cortados, fragmentos de mi exitencia que en nada me religan ni podrían religarme con mi vida presente. ¿Que tengo yo que ver, por ejemplo, con el Virgilio del año 38, inquilino de un cuarto en la calle de Galiano? Y si fatalmente debo pasar por tal lugar lo observo con la misma indeferencia que todo mi ser asumiría ante el sepulcro de Tutankamon... No podría tener piedad con cadáveres ajenos. Entre estos milenarios también el mío de ese año 38 (...)¨

Virgilio Piñera, La Vida tal Cual (ca. 1950)

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